En estos meses estamos asistiendo a las negociaciones para establecer un posible Tratado de Libre Comercio (TLC) entre la Unión Europea (Comisión Europea) y los EE.UU. El secretismo sobre esta cuestión es total y, como suele ocurrir, la opinión pública se está enterando de manera aislada del curso de unas negociaciones que tuvieron su punto de arranque en 2011. Si esta situación es de por sí inquietante, en los últimos días hemos conocido las revelaciones sobre algunas cuestiones que estarían sobre la mesa de negociación. Ha sido gracias a la los documentos filtrados por Greenpeace (250 páginas) que han puesto contra las cuerdas y en entredicho la relación que pueden establecerse entre gobiernos y
ciertas empresas o grupos de presión (lobbies). El malestar de la ciudadanía se ha evidenciado durante la visita del presidente norteamericano Barack Obama a Alemania, donde ha encontrado una gran contestación social por parte de activistas contrarios al acuerdo.

La cuestión de fondo de todo tratado de libre comercio es la reducción en el pago de aranceles para facilitar las exportaciones de las empresas. Hasta aquí parece que no hay nada que objetar. Parece normal tratar de estimular los intercambios comerciales y activar la economía en un mundo globalizado como el nuestro. No olvidemos que en gran medida dependemos de estas interrelaciones y nuestras economías estan integradas en un sistema económico de libre mercado de enormes dimensiones. Este proceso de integración mundial ha sido posible gracias a cinco factores: 1) el desarrollo de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), 2) el abaratamiento de los transportes intercontinentales, 3) la absorción de empresas por parte de multinacionales, 4) la existencia de organismos internacionales que promueven el libre mercado a nivel mundial –como puede ser la Organización Mundial del Comercio (OMC)– y 5) la creación de zonas de mercados comunes entre países, como por ejemplo la Unión Europea, Mercosur o NAFTA.
Sin embargo, que este proceso parezca imparable no significa que deba
realizarse a cualquier precio. El problema fundamental se produce cuando
existen diferentes reglas de juego para los estados que participan en
la zona de libre comercio. En este sentido, la Unión Europea ha
conformado un mercado único que siempre trató de vigilar la denominada
"competencia desleal" de otros países. Por ese motivo, muchos de los
países europeos que iban a una "velocidad menor" tuvieron que esperar
cierto tiempo para poder comerciar con sus productos en igualdad de
condiciones que el resto de miembros y fueron sometidos a una fuerte
legislación comunitaria para cumplir los requisitos que se solicitaban
de manera unánime a todos los productores.
Aquí es donde entran de lleno las repercusiones que el Tratado de Libre Comercio puede tener en la economía de Tierras de Campos. Aunque no lo creamos afectará a la comarca. El sistema de producción de EE.UU. se basa en la concentración y en la existencia de grandes empresas y multinacionales que dominan el mercado. Mientras que en todos los EEUU hay 2 millones de explotaciones, en la Unión Europea la cantidad se dispara hasta los 13 millones. Esta diferencia se debe, fundamentalmente, al tamaño y a la existencia de negocios de índole familiar detrás del modelo europeo. En un contexto de libre competencia la situación para las grandes multinacionales es ya ventajosa ¿Cómo será una vez que se les abra el mercado europeo sin tener que cumplir con su legislación?
No cabe duda de que el sector primario será el principal perjudicado por el tratado. La existencia de productos transgénicos provenientes del mercado americano repercutirá negativamente en los precios de la producción de la zona. El engorde llevado a cabo con piensos no autorizados en Europa conllevará la misma realidad para la actividad ganadera. Si finalmente el tratado sale adelante parece que los europeos pagaremos menos por los productos, falta por ver a qué precio.
Rubén Domínguez Méndez
Departamento de Geografía e Historia

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