Al
igual que las modas, el canon de belleza femenina ha tenido una debatida y
notable evolución a través de los siglos: la sociedad ha pasado de venerar
cuerpos gruesos y pieles de porcelana, a desear la más demacrada y reseca de
las teces, cubriendo nada más que un montón de huesos.
Ya desde la prehistoria, los hombres se
inclinaban por las mujeres de caderas anchas, puesto que se asociaban a la
fertilidad. Este estereotipo de belleza continuó siendo apreciado en el
Renacimiento y en el Barroco, ya que eran los artistas quienes lo propagaban,
como muestran las pinturas de Sandro Boticcelli o de
Pablo Rubbens, por ejemplo. Se trataba de cuerpos redondeados, tez
pálida, mejillas sonrosadas, el busto llamativo, cabello rubio y ojos claros.
Incluso en el trascurso de la Época Victoriana y de la primera mitad del siglo
XX, el estilo de mujer impuesto fue provocativo y sensual: una figura
voluminosa y explosiva que había sido apreciada durante los últimos siglos y
que continuaba siendo el deseo de cualquier hombre que supiera apreciar unas
exquisitas y definidas curvas.
El cambio drástico y severo surgió al inicio
de la década de los 60. Las féminas comenzaron a ansiar un cuerpo recto,
esbelto y suave, con largas piernas. Y a partir de ese momento, la silueta
mujeril estrechó sus medidas y adquirió paulatinamente un contorno carente de
forma. Esa delimitada complexión y esas curvas de infarto tan ambicionadas
durante los últimos siglos pasaron a la historia.
La década de los 90 se convirtió en el punto
álgido de la decadencia de la belleza femenina: las mujeres continuaron
evolucionando en delgadez y la cirugía estética ayudó a moldear los cuerpos de
las que se quedaron en el camino, haciendo desaparecer en ellas los kilos que
consideraban de más, por no hablar de las operaciones que hacen desaparecer las
arrugas. Todo ello calificó a la belleza como algo artificial. Con la llegada
del nuevo milenio, las pasarelas y las portadas de revistas se inundan de auténticos
cuerpos tan consumidos que parece que se fueran a desintegrar con tan solo
mirarlos. La belleza se convierte en sinónimo de delgadez, porque a ello es a
lo que aspira un número copioso de mujeres.
Y es que no se trata tan solo de una
apariencia física, sino de un signo de personalidad, de rebeldía y de libertad.
Tanto la moda como la belleza, no deberían de estar condicionadas por unos
cánones establecidos por alguien al que le conviene que eso sea así, pues son
un privilegio de todos, y se caracterizan, fundamentalmente, por ser únicas y
personales. Cada mujer es libre de lucir el contorno que más anhele, pero que
ni los estereotipos ni los prejuicios ajenos marquen sus decisiones o sus preferencias, porque entonces no estarían siendo
ellas mismas. El hecho de hallarse a gusto con su cuerpo es una emoción que
deben experimentar, pues no hay nada más placentero que sentirse orgulloso de
uno mismo, y más, cuando sobran motivos para hacerlo. Pero no se trata solo
de eso, porque si una mujer carece de la establecida ‘figura perfecta’ del
siglo XX, los programas de retoque serán los encargados de solucionarlo,
haciendo que el público fantasee con estas figuras de ensueño, pero provocando
un efecto contrario en las actrices que lo sufren.
La última novedad ha sido la polémica
infundada por la portada de ‘Elle’, una prestigiosa revista de moda, que
utilizó como portada a una actriz de raza negra
y cuerpo grueso, mostrándolo tan solo hasta la atura del busto cuando el
resto de actrices y modelos de la revista aparecían de cuerpo entero (claro que
ellas si eran dignas de mostrar su prominente silueta a los lectores). Pero el
problema no acaba aquí; su piel pasó a adquirir un tono propio de una mujer mulata,
y no de una con sus rasgos.
Las discriminaciones
que el mundo de la moda ejecuta son intolerables y lamentables. Se está
hablando de la obligación de lucir un tipo de complexión, de moldear cuerpos a
su antojo, de acabar con la poca personalidad de mujeres que no se rigen por
estos estándares. Solo las poseedoras de un carácter fuerte, dominante y con
personalidad serán capaces de imponerse sobre los considerados correctos
patrones de belleza y salir ilesas y orgullosas de un mundo lleno de copias y
caracterizado por el ‘qué dirán’ de alguien turbado.
Tamara de Caso Cañibano, 2º
Bach. CIT

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